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jueves, 19 de mayo de 2011

El Falo cósmico: Creador universal de la vida

Nótese en estos textos que los esposos no son los autores primarios de la vida, sino simples colaboradores de Dios, el Falo cósmico, que es el auténtico creador de la vida, y la pro/creación de la vida es solo un don que éste concede, y los esposos meros usufructuarios de este don, no árbitros de las fuentes de la vida humana. En el Antiguo Testamento las mujeres de los ficticios patriarcas eran estériles e imploraban tener hijos al Falo divino, que no solo podía otorgar y acrecer este don, sino también retirarlo y volver estériles la tierra y las mujeres: Yo que abro el útero, ¿no haré parir?, dice Yavé. Yo que hago parir, ¿voy a cerrarlo?, dice tu Dios (Is 66.9), y Dios sanó a Abimelec y a su mujer, y a sus concubinas, y parieron, porque Jehová había cerrado todo coño (vulvam) de la casa de Abimelec (Gén 20.17.18). Y por eso, cuando tiene a bien cerrar el útero, lo hace para poder abrirlo de nuevo de una manera más admirable, y conozcamos que el nacer no viene de la libido, sino por obra divina. Efectivamente: Sara, la madre primera de vuestro linaje, ¿no fue estéril hasta los ochenta años? Y, no obstante, dio a luz en extrema ancianidad a Isaac, a quien aguardaba la bendición de todas las generaciones. También Raquel, a pesar de ser tan grata a Dios y tan querida del santo Jacob, fue estéril durante largo tiempo. Sin que esto fuera obstáculo para que engendrara después a José, que fue no solo el Señor de Egipto, sino también el libertador de muchos pueblos que iban a perecer a causa del hambre. Y ¿quién hubo entre los jueces más fuertes que Sansón o más santo que Samuel? Sin embargo, ambos tuvieron madres estériles (Libro sobre la natividad de María, 3.2). También el Falocristo tiene la misma capacidad milagrosa de retirar el don de la vida: nunca jamás nazca de ti fruto (Mt 21.19; Mc 11.14).

domingo, 15 de mayo de 2011

El Falo creador y el amor conyugal

Justamente se hace notar que un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su condición actual y sus legítimos deseos no es un verdadero acto de amor, y prescinde, por tanto, de una exigencia del recto orden moral en las relaciones entre los esposos. Así, quien reflexiona rectamente deberá también reconocer que un acto de amor recíproco, que prejuzgue la disponibilidad a trasmitir la vida que Dios Creador, según particulares leyes, ha puesto en él, está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la voluntad del Autor de la vida. Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aún solo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y la de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es también contradecir el plan de Dios y su voluntad. Usufructuar, en cambio, el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador (¿a qué leyes genéticas se referirá, si la Iglesia nunca las conoció?) significa reconocerse no árbritos de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador. En efecto, al igual que el hombre no tiene un dominio ilimitado sobre su cuerpo en general, del mismo modo tampoco lo tiene, con más razón, sobre las facultades generadoras en cuanto tales, en virtud de su ordenación intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio. "La vida humana es sagrada (los antiguos Concilios y la sagrada Inquisición no lo veían así), recordaba Juan XXIII, desde su comienzo, compromete directamente la acción creadora de Dios".Los esposos cristianos..., a ellos ha confiado el Señor la misión de hacer visible ante los hombres la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana

sábado, 14 de mayo de 2011

El Falo cósmico: Creador universal de la vida

Estos actos con los cuales los esposos se unen en casta intimidad y a través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, "honestos y dignos" (olvidando por completo la doctrina del pecado original, y el mandato paulino: Huid de la fornicación, 1Co 6.18), y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios a dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida.
Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido, y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador.

viernes, 13 de mayo de 2011

El Falo creador y el amor conyugal

Humanae vitae 1,8,10-13,25
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El gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos, colaboradores libres y responsables de Dios Creador, fuente de grandes alegrías, aunque algunas veces vayan acompañadas de no pocas dificultades y angustias.
La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando éste es considerado en su fuente suprema, Dios que es Amor, "el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra" (Ef 3.15).
El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes, es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas.
En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia.